Salida desde el nivel del mar y meta en la Base Militar de Aitana, a 1.530 metros de altitud. Antes, 187 kilómetros con otros cinco puertos puntuables como Tárbena (2ª categoría), El Miserat (1ª categoría), Tollos (3ª categoría), Tudons (2ª categoría) y Benifallim (2ª categoría) hasta acumular 4.940 metros de desnivel positivo, un récord para la Vuelta Ciclista a España. Una dureza orográfica a la que habrá que sumar el calor que se espera que impere en ese recorrido que viajará por toda la Marina Baixa. En definitiva, los ingredientes perfectos para que el que posiblemente es el mejor ciclista de todos los tiempos, Tadej Pogacar, se luzca para dejar definitivamente sentenciada (si no lo está ya) la Vuelta a España.
La Vila Joiosa será el punto de partida de una etapa, la novena de esta edición, que reúne todos los requisitos para que, a poco que Pogacar quiera, el astro esloveno pueda firmar una de esas actuaciones que seguirán siendo loadas décadas después de llegado el momento de colgar la bici. Como la ‘crono’ de Luxemburgo del Tour de 1992, la Roubaix de 1998, la batalla entre Cuneo y Pinerolo en el Giro de 1949 o la subida de Sestriere en el Tour (de nuevo en el 92) por poner sólo algunos ejemplos.
Desatado desde la salida del pasado sábado en Mónaco, Pogacar no sólo ha venido a La Vuelta a completar el trío de grandes vueltas en su palmarés (tras haber ganado cuatro veces el Tour y una el Giro), sino, fiel a su estilo, a machacar deportivamente a todos sus rivales y brindar al público, entregado a su figura, el mayor espectáculo posible.
A expensas de lo que pase hoy en la meta de Valdelinares, donde tiene una oportunidad de oro de seguir agrandando su ventaja al frente de la general, Pogacar ya acumula tres triunfos de etapa en esta edición de La Vuelta en la que lidera la general con una sideral diferencia de 3:34 sobre el español Enric Mas (Movistar) que, eso sí, ha sido el único mortal capaz de poner en duda la dictadura del esloveno.
Avisó el de Artà, tras la granizada de Andorra, que su mejor versión siempre llega con el calor y fue en la primera jornada de altas temperaturas, en Castellón, donde ese aviso se hizo realidad. Saltó Pogacar a 25 kilómetros de meta, en las rampas imposibles y sin asfaltar del Alto del Bartolo, y nadie le pudo seguir.
Tan seguro iba, de rojo majestuoso, que no se preocupó de mirar atrás. La mirada de depredador fija al frente, en su única presa posible: la victoria, una más, en la línea de meta. Tan centrado iba en ello que nunca supo que Enric Mas, activo y ambicioso como pocas veces, le estaba recortando diferencias a un ritmo pocas veces visto en una persecución al esloveno.
Y fue arriba, con la pancarta del puerto de montaña ya a la vista, cuando Pogacar, ojiplático, vio a Enric pasarle como un obús. Herido y, quizás, ofendido por el atrevimiento de un mero mortal, el dios del ciclismo no tuvo piedad y batió al balear en el sprint de Castellón tras un enrome susto en la bajada.
Ahora, escondida tras esa sonrisa eterna, supura la herida en su orgullo y, de nuevo, más allá de lo que depare hoy Valdelinares; Pogacar sabe, porque se concentra cada invierno en la Marina Baixa y conoce cada palmo de estas carreteras, que lo que ha preparado la organización de La Vuelta para el domingo es terreno propicio para devolver el golpe y, por qué no, hundir por completo la moral de cualquiera que, en un momento de enajenación pasajera, piense que puede seguir su rueda cuando la furia se desate.
Pero en el ciclismo nada está escrito hasta que se cruza la última línea de meta. Cada curva, cada rampa, cada ingesta de alimento olvidada, cada piedra afilada en el asfalto guarda peligros y giros de guion que incluso un tipo como Tadej Pogacar no tiene en su mano controlar.
Y a eso, como la gacela que confía en que la leona haya saciado su hambre, se aferran Enric y todos los demás. En un mal día, una ‘pájara’ –que también sería un momento histórico– inesperada… un algo que reescriba la historia y ‘desentencie’ una Vuelta a España que el domingo, entre La Vila y Aitana, promete una fiesta máxima.