Benidorm
El enorme aparcamiento de Terra Mítica se ha convertido, a lo largo de varias semanas, en un enorme estadio de tenis. A sus puertas, en un día más caluroso de lo habitual para esta época del año, miles de aficionados comienzan a agolparse para presenciar algo que, ya lo saben ahora, puede ser una experiencia única en sus vidas. Las colas son largas y coloridas en los accesos para el público general. Más cortas, pero igual de coloridas en los tornos para los VIP, donde caras muy conocidas del mundo del deporte, el espectáculo, la política y la televisión avanzan hacia sus palcos privilegiados.
Desde la parte más alta de la grada temporal construida para este importante evento, el público tiene una vista privilegiada de la pista de tierra batida en la que están a punto de comparecer los hombre del momento, pero si giran un poco la vista (como lo hace con frecuencia la cámara de la televisión), la estampa es incomparable.
Más información

Un cielo azul casi perfecto se refleja sobre el infinito del mar Mediterráneo, una lámina de agua inabarcable sólo rota por el inconfundible perfil de la isla de Benidorm, a la que rodean en su abrazo eterno la Punta del Cavall y el Tossal de La Cala y que parece vigilar desde su posición las miles de agujas que apuntan hacia el cielo en los primeros metros de la costa.
Una estampa primaveral que, en este día 8 de marzo, a una semana del día de la Verge del Sofratge, es casi veraniega. El movimiento de los abanicos se torna cada vez más rápido a medida que se acerca la hora clave. El rumor de la grada, que hasta hace un momento era un batiburrillo de conversaciones cruzadas, empieza a animarse y los sonidos se tornan cada vez más acompasados. Un bombo que marca un compás al que siguen miles de palmas. Una trompeta que arranca un pasodoble inconcluso que se encargan de tararear miles de gargantas.
Y de repente, mientras el sol cae casi perpendicular sobre la tierra batida todavía virgen de pisadas, aparece él. Viene de ganar las cuatro últimas ediciones de Roland Garros y el año pasado se hizo leyenda al imponerse en el que por siempre será recordado como el mejor partido de la historia del tenis para, en un choque de tintes épicos, cortar la racha de cinco títulos consecutivos de Rofer Federer en el All England Club.
.c-w{ max-width:444px; width:100%; margin:32px auto; background:#00755E; border-radius:4px; display:flex; align-items:center; justify-content:center; } .c-w a{ display:flex; align-items:center; justify-content:center; padding:4px 24px; } .c-w img{ width:24px; margin-right:12px; } .c-w p{ font:18px/25px Poppins; text-align:center; color:#fff; margin:0; } @media (max-width:444px){ .c-w a{ padding:4px 12px; } .c-w img{ width:24px; margin-right:8px; } .c-w p{ font:14px/25px Poppins; } } @media (max-width:335px){ .c-w p{ font:13px/25px Poppins; } }
Sus 1,85 de estatura se hacen, en realidad, pequeños ante una grada que parece crecer conforme suben los decibelios de los aplausos y los gritos. Todo tipo de gritos. Todos de ánimo. Todos de admiración. Y uno que vence a todos los demás: ¡Vamos Rafa!
Rafa Nadal es hoy, 8 de marzo de 2009, una de las grandes joyas del deporte patrio en esa época en la que el ‘soy español, a qué quieres que te gane’ se ha convertido en la frase ‘cuñada’ más repetida en cualquier barra de bar.
Es uno de los héroes de la Davis de 2004, donde le endosó un 3-1 (6-7/6-2/7-6/6-2) a Andy Roddick para que España sumara su segunda ‘ensaladera’ y actual campeón olímpico tras aplastar al chileno Fernando González en la final de Pekín un año antes.
Rafa Nadal salta a la cancha benidormense después de haber pasado por encima, sólo dos días antes y en ese mismo escenario, de Janko Tipsarević por 3-0 (6-1/6-0/6-2) para darle el segundo punto a España en los octavos de final de la Copa Davis. Pero ahora, en su segunda presencia, el ambiente es muy distinto. Frente a él está Novak Djokovi, un serbio que en 2008 ha ganado su primer Grand Slam (Australia) y que los entendidos apuntan a que, junto a Nadal y Federer, marcará la mejor época de la historia del tenis.
El ambiente es eléctrico y durante el calentamiento Nadal parece estar contagiándose de él. Mientras el juez de silla hace el sorteo para el saque, el balear salta, brinca, simula movimientos con su raqueta. Todo lo que sea necesario para mantenerse en caliente… y para mantener activa a la grada.
A dos pasos de distancia, en su banco, las botellas meticulosamente colocadas. Las toallas plegadas. La bolsa con las raquetas de repuesto. Todo como a él le gusta. Colocado y recolocado mil veces. Al fondo de la pista, presto para su primer saque, se coloca el pelo, el pantalón, de nuevo el pelo, la cinta de la cabeza, una vez más la parte trasera del pantalón y, por si algo estuviera fuera de lugar, una vez más se lleva la mano a la cabellera. Tres botes. Uno, dos y tres. Mirada al frente. Elección del punto exacto al que debe de ir la bola. Y ese punto amarillo vuela hacia el cielo azul, llega a su punto de máxima altura y es impactado por una raqueta que la lanza a más de cien kilómetros por hora hacia ese serbio que no sabe todavía dónde se ha metido.
Quince años después de aquel partido, que acabó ganando Rafa Nadal por 3-0 (6-4/6-4/6-1) para darle el punto definitivo que daría el pase a cuartos de final a España en la Copa Davis (que acabaría ganando para sumar su cuarto título), el tenista manacorí es, para muchos, el mejor deportista español de la historia y uno de los mejores del mundo. Su nombre pertenece ya a ese olimpo al que sólo han podido acceder figuras como Michael Jordan, Carl Lewis, Muhammad Ali, Michael Phelps, Eliud Kipchoge, Nadia Comaneci, Margaret Court…
Rafa Nadal ha sido, para muchos, la quintaesencia de lo que tiene que ser un deportista. Implacable en la cancha. Invencible, incluso, durante buena parte de su trayectoria. Irreprochable en su entrega y sacrificio. Modélico en sus celebraciones y ejemplar en la derrota. El espejo, en definitiva, en el que se han mirado tantos otros incluido su heredero natural, un tal Carlos Alcaraz que ya ha comenzado la construcción de su propia leyenda.
Ahora Rafa Nadal ha anunciado su retirada definitiva. Antes, un último baile, como aquel de Jordan con sus Chicago Bulls. Una última oportunidad para hacer crecer todavía más su ya inmortal legado. Una despedida a lo grande en la Copa Davis, esa competición que lo trajo hace ya 15 años a Benidorm.
Aquello fue un 8 de marzo de 2009. Aquel día Benidorm gritó al unísono ¡Vamos Rafa!
Hoy, Benidorm grita, como el resto del planeta, ¡Gracias Rafa!
Deja una respuesta