En el Observatorio Astrofísico de Javalambre la melena, ya completamente plateada, de Brian May se movía de un lado a otro, como lo hiciera durante décadas en los escenarios unos pasos por detrás de la poderosa figura de Freddie Mercury, el mejor ‘frontman’ de la historia de la música. Entonces, en pleno apogeo de ‘Queen’, eclipsado siempre por la imponente presencia de Farrokh Bulsara, hacía vibrar las cuerdas de su ‘Red Special’ ejerciendo como uno de los mejores guitarristas del rock de todos los tiempos. Ahora, ejerciendo como Doctor en Astrofísica por el Imperial College de Londres, seguía, como uno más, el eclipse solar que sobrecogió a todo un país.
Desde allí, en pleno sistema Ibérico, las imágenes de la Luna interponiéndose entre el Sol y la Tierra llegaban a las pantallas de todo el mundo y a las 19:40, cuando el primer mordisco, todavía tímido, era claramente visible en la televisión, las playas, calles y balcones de Benidorm miraron hacia el cielo en busca de esa primera señal.
Poco a poco, el satélite natural de nuestro planeta fue cubriendo a la estrella en torno a la que orbitamos y el momento, el tan esperado y anunciado momento del eclipse solar, se tornó realidad. Aquello que nos habían contado se hizo verdad y el espectáculo, lejos de defraudar, fue sublime.
Faltaban pocos minutos para las 20:30 horas y de repente, como por arte de magia, la ciudad entera se iluminó. Los neones de los centenares de locales de ocio de la capital turística se encendieron pensando, como la paloma de Alberti, que el día era noche. A los neones le siguieron miles de bombillas que revelaron, en un atardecer irrepetible, el ‘skyline’ más brillante del Mediterráneo.
Y como siempre sucede en Benidorm, una ciudad en la que hasta los fenómenos atmosféricos parecen conjurar para ofrecer a sus moradores un poco más, una nube, la única que se vio en la región en todo el día, tampoco se lo quiso perder y se interpuso haciendo todavía más noche el día.
Aquella lengua grisácea se apartó lo justo en el punto máximo del eclipse benidormense y la penumbra tapó el sol en un 99,5%. No fue la totalidad, pero así se sintió en las playas de Levante y Poniente, abarrotadas para la ocasión. En el Tossal de La Cala, inmune como punto de observación a las restricciones por riesgo de incendios. En La Cruz y el Parc Natural de la Serra Gelada, desiertos como en tantos otros eclipses antes de la llegada, incluso, del ser humano a la esfera que Carl Sagan definió como el ‘pálido punto azul’ que flota en el universo infinito. En las calles, casi desiertas.
Allí, sobre la arena o en los balcones; desde las ruinas romanas o en improvisados miradores residentes y turistas sintieron, al fin, aquello que tanto habían anticipado. Padres e hijos se abrazaban conscientes de estar viviendo algo único e irrepetible. Parejas se besaban soñando con recibir, de alguna manera, parte de la magia del fenómeno. Jóvenes bailaban y mayores repasaban lo vivido hasta ayer buscando, en el fondo de la memoria de toda una vida, un recuerdo que pudiera asemejarse a ese instante colgado en el tiempo y el espacio. Algunos reían y otros lloraban. Nadie, absolutamente nadie, pudo quedarse indiferente.
Y entonces, igual que se marchó, volvió. La esfera dorada que permite la vida, la única que, de momento, conocemos en el universo, regresó de las tinieblas y, antes de irse a dormir por detrás de Sierra Cortina y el Puig Campana brilló de nuevo y las gentes, tan pequeñas ante un evento cósmico, respiraron aliviadas, como lo hicieron antes nuestros ancestros, en una reacción casi animal al comprobar que tras la oscuridad, la luz lo volvía a iluminar todo.
