En el Valle de Guadalest el verano es la temporada baja. Cada vez más. Los negocios y el turismo local han acusado, sobre todo, el calor de estos últimos meses. Es el principal titular que deja nuestro recorrido durante este último fin de semana de agosto por el interior de la Marina Baixa.
Un recorrido paralelo al paso de La Vuelta a España, cuya etapa de domingo empezaba en Villajoyosa para terminar en Aitana. Esa ha sido la motivación de Florencio y su familia, de Tarazona de la Mancha (Albacete), para alojarse en una casa rural en Beniardà.
Comen en Ca’Gloria, donde la especialidad es la olleta de blat y el caldo con pelotas, platos típicos del invierno. Su propietaria, Rosana, es la primera empresaria de la zona que nos habla de un verano ‘flojo’ y, como el resto de negocios, lo atribuye principalmente al aumento de las temperaturas.
Eva y Mari Carmen son nieta y abuela y tienen una tienda de joyas y figuras de Lladró, de nombre Santacreu, en El Castell de Guadalest. Juntas hacen un repaso a la evolución histórica de su establecimiento, donde los turistas internacionales siempre han sido los principales clientes. Con piezas de porcelana que en algunos casos valen miles de euros extrañan a los rusos.
A apenas cien metros, en un puesto de productos locales y derivados de la miel o el níspero, Claudia nos atiende tras el mostrador y confirma las tendencias anteriores. A las puertas un turista neerlandés nos cuenta que vive medio año en Polop y otro medio en su país y que siempre que visita Guadalest hay mucha gente.
Un grupo de amigas jóvenes viene de Cádiz. Entre cañas y tapas comentan que la ciudad andaluza está más masificada que la provincia de Alicante. Se alojan en Benidorm, en un apartamento, pero todas coinciden en que lo que más le está gustando es el interior de la comarca que están descubriendo en una excursión de día. Pasarán la tarde en las Fuentes del Algar.
Una tarde que Óscar y don Emilio pasan en el bar L’Era, vacío durante el rato de la siesta, analizando cualquier aspecto de la actualidad. Su dueño, Óscar, critica la falta de vivienda en el Valle de Guadalest e incide en que el turista extranjero resulta clave para su «supervivencia». Don Emilio va matizando los apuntes de su amigo y concluye: «Soy feliz de mi pobreza», tercia antes de alejarse por la plaza encendiendo de nuevo su puro.
