Justo una semana después de cruzar la línea de meta mundialista golpeando con rabia el manillar colgándose una plata que le supo a demasiado poco, el alfasino Héctor Álvarez se ha desquitado proclamándose campeón de Europa en la prueba Sub-23 de fondo en carretera disputada en la localidad eslovena de Liubliana.
Ni el cansancio acumulado en la competición (y larga concentración) de Montreal, ni el ‘jet-lag’ tras el viaje desde Canadá a Eslovenia han mermado el potente motor de un ciclista que, a sus 19 años, ya ha dado sobradas muestras del enorme potencial que guardan sus piernas y que con este oro continental saltará en 2027 al World Tour como uno de los jóvenes más prometedores del panorama internacional.
Además, Álvarez ganó fiel a su estilo provocador y descarado sobre la bici. Con ese ciclismo tan de moda en esta tercera década del siglo XXI en la que los grandes campeones no se guardan nada para el final y en el que las buenas sensaciones mandan sobre la cordura a la hora de elegir el momento de atacar.
Héctor lo hizo a 35 kilómetros de la línea de meta en un movimiento que primero parecía que iba a servir para hacer la selección de favoritos, pero que terminó por dejarle solo en cabeza, sin rivales aparentes.
Su aventura en solitario, sin embargo, pareció abocada al fracaso cuando a menos de 15 kilómetros para el final recibió la compañía del belga Niels Driesen, el alemán Max Bock y el polaco Jan Michal Jackowiak.
Entre los aficionados, los fantasmas del pasado se hicieron carne; pero Álvarez, mucho más maduro y hecho como ciclista que en aquel 2025 en el que mereció más, se mostró confiado y tranquilo.
Volvió al modo gestión. Sin arrebatos innecesarios. Sin buscar una exhibición que a esas alturas tenía más papeletas de llevarle a la enfermería que a la puerta grande. Sabía que el terreno le iba más que bien y en la bajada final se deshizo, esta vez de manera definitiva, de cualquier compañía molesta para entrar en meta como lo hacen los grandes campeones de hoy en día, en solitario.
Y esta vez las manos no se fueron al manillar a dar manotazos, sino al casco. Gesto de incredulidad, de celebración antes de -ortodoxia manda- levantarlas al cielo en señal de triunfo. Por detrás, Jackowiak se colgó la plata y Driesen, el bronce.
